BREVES HISTORIAS QUE SE ANIDAN EN LAS UBRES DE UNA VACA
(Mínimos entremeses de lo absurdo para ser representados en velorios y bautizos)
[“No puede ser, pero es”
Jorge Luis Borges, el libro de arena.]
Para ser representados por dos intérpretes. Los cuadros se irán sucediendo como diapositivas dramáticas ante la vista del espectador. Es el campo de batalla de la guerra del pacífico, hay miles de caídos, los primeros gallinazos planean hambrientos ya en las alturas, pero aún no descienden. En primer plano, próximos, dos soldados.
SOLDADO 1:
(ininteligible) Oye.
SOLDADO 2: (Casi susurrando) ¿Qué?
Soldado 1: ¿Estás muerto?
Soldado 2: Sí.
Soldado 1: Por un instante al verte sonreír pensé que aún estabas vivo.
Soldado 2: Pues no. Estoy muerto.
Soldado 1: Yo también.
Soldado 2: Entonces, ¿cómo pudiste verme sonreír si estabas muerto?
Soldado 1: ¿Y tú? ¿Cómo pudiste sonreír, si no estabas vivo?
Soldado 2: No sé. A lo mejor la muerte es solo una sonrisa.
Soldado1: ¿Así? Quizá.
Se divisa en la distancia a una madre buscar a su hijo entre los soldados caídos. Les gira la cabeza amorosamente.
Cambio de luces. Los interpretes mutan. Es un jardín de juegos con flores y naturaleza multicolor. En primer plano dos niños pensativos, sentados bajo la sombra de un eucalipto.
Niño 1: (Reponiéndose de sus pensamientos) ¡Se me ocurre una idea! Podemos jugar a mandar. Tú mandas y yo obedezco.
Niño 2: Sí. Es una buena idea. Hay que empezar ahora. ¿Qué quieres que te mande?
Niño 1: Mándame reír.
Niño 2: (Un tanto descontento) Ya pues. ¡Oye tú ríete!
Niño 1: (Se agarra la barriga con ambas manos) Ja ja ja ja ja ja ja ja …
Se interrumpe.
Niño 1: Ahora mándame a cantar.
Niño 2: ¡Ey tú canta!
Niño 1: (Con los brazos y piernas con las puntas de los pies, baila) Larala, larala, larala, larala…
Se interrumpe.
Niño 1: (piensa, con fastidio) Ahora manda que vuelva a mi casa.
Niño 2: ¡Oh, no!
Niño 1: ¡Mándame que vuelva a casa!
Niño 2: (afectado) Anda, vuelve a tu casa.
Niño 1: Está bien. Ahora me voy.
Cambio de luces. El niño se dirige a una casita de puertas amarillas, muy refulgentes que se distingue a lo lejos del escenario, mientras el otro niño se queda cazando unos murciélagos violetas.
Los interpretes mutan. De pronto es una plaza cualquiera, el hombre sentado esperando en una banca aguarda pacientemente con unas hermosas amapolas azules fosforescentes en la mano. Llega la mujer.
El hombre: (Corre a su encuentro) ¡Oh, Sol Lila!
La mujer: (Con una sonrisa de nínfula) ¡Oh, Amaru!
El hombre: (Trémulo) Pensé que no vendrías.
La mujer: Se me paso el Metropolitano.
El hombre: ¿Pensaste ayer en mí?
La mujer: Sí.
El hombre: Y por la noche, ¿Soñaste conmigo?
La mujer: Sí, soñé contigo.
El hombre: ¿Y qué soñaste?
La mujer: Fue un sueño bastante raro.
El hombre: ¿Por qué?
La mujer: Tenías la cabeza de una araña, las patas de un conejo y los ojos de medusa.
El hombre: (Cambiando de tema como un mago saca de sus manos las amapolas y se las ofrece con reverencia y galanteo) Flores para una dama.
La mujer: ¡Amapolas! ¿Son de hoy?
El hombre: Sí, eso me aseguraron.
La mujer: De cualquier modo, tienen muy buen aspecto.
Pausa. La mujer olfatea las amapolas, luego al sentir nuevamente la tersura de los pétalos, empieza a comérselas. El hombre la contempla tiernamente.
El hombre: (Luego de un silencio) ¿Sol lila?
La mujer: (Limpiándose la boca con el dorso de una mano luego de comer golosamente, jadeando) Dime.
El Hombre: Te amo.
La mujer convulsiona sin poder contenerse y cae estrepitosamente al suelo. El hombre la carga y se la lleva en silencio hacia otro lado.
Cambio de luces. Es el ocaso en el campo, en una chacra. Una caminante que ha recorrido todos los caminos de este mundo observa meticulosamente a un campesino plantar árboles. Sufre, mientras contempla.
Una caminante: (tras un largo silencio) Oiga.
Un campesino: Dígame.
Una caminante: ¿Por qué no me planta también a mí?
Un campesino: (Sin sorprenderse) ¿Ahora mismo?
Una caminante: Sí. Ahora.
Un Campesino: ¿Y como quiere que le plante?
Una Caminante: Como si fuese “una” eucalipto.
Pausa. El campesino cava un hoyo, carga a la caminante y la entierra hasta las rodillas. La caminante levanta las manos como ramas y la mirada hacia el cielo esperando la próxima primavera que llega en unos segundos y da frutos.
Otro tiempo. Otra atmósfera. Es una peluquería. “La peluquero” sin ademanes exagerados realiza su labor. El cliente sentado cómodamente está envuelto en una capa protectora color blanco.
La peluquero: (Está por culminar, luego de verter espuma jabonosa en las patillas del cliente toma su navaja y se dispone con cuidado) Es la primera vez que lo veo por aquí.
El cliente: Cierto. Es la primera vez.
La peluquero: (Sonriendo, entornando los ojos delicadamente) ¿Suele usted confiar en peluqueros desconocidos?
El cliente: Sí. Absolutamente.
La peluquero: Usted me honra.
El cliente: (Con deferencia) ¿Por qué iba a desconfiar?
La peluquero: Tiene usted, sin embargo, unos granitos.
El cliente: Posiblemente.
La peluquero: No es de extrañar. A cierta edad la piel suele convulsionarse.
El cliente: Eso dicen.
La peluquero: (Cortándole sin cautela el primer grano) ¡Carajo! ¿Le hice daño? Lo siento mucho.
El cliente: No demasiado. No se altere.
La peluquero: ¿Podría usted creerme si le digo que no puedo aguantar la visión de la sangre?
El cliente: Claro que le creería.
La peluquero: ¿Qué le parece entonces si acabamos de una vez?
El cliente: Creo que sería una buena idea.
La peluquero: No me guarde rencor, por favor.
El cliente: No. No se preocupe. Nada de eso.
La peluquero: ¿Habla usted en serio? ¿Me deja culminar entonces mi trabajo?
El cliente: Completamente en serio. Cumpla con su labor.
La peluquero: Es usted un hombre excepcional. Así cualquiera puede uno desarrollarse libremente.
Toma la navaja con delicada estética y le propina un amplio tajo por todo el cuello. La sangre chisguetea por el escenario. El cliente convulsiona. La peluquero lo acomoda al piso con adecuado estilo, lo toma del cuello de la camisa y mientras lo arrastra por el charco de sangre, el cliente en un impulso levanta la cabeza casi cercenada.
El cliente: (Con extrema educación) Por favor, en mi celular y mi billetera están mis datos personales, podría usted borrar toda la memoria y todo indicio de mi identidad. También le doy la potestad de mis molares postizos en oro puro. Y por caerme en gracia le obsequio mi primera edición de los poemas humanos de Vallejo que está en el bolsillo izquierdo de mi casaca, es una joya. Bueno, confío en la efectividad de su servicio. Quisiera referenciarlo.
La peluquero: Descuide. Esos servicios no contemplan nuestra oferta, pero por reventarle el granito sin querer y su ciudadana educación que tanta falta hace a este país, atenderé su pedido. Y sobre el libro, le agradezco, pero verá, leer poesía me genera amnesia. Es una pena, pero gracias.
El cliente: Sí. Es una pena. Muchas gracias. Quedo satisfecho.
La peluquero: Estamos para servirlo. Hasta nunca.
Se atenúan las luces mientras el cliente es arrastrado por el escenario. Se detienen en un punto. De pronto las luces cambian al tiempo de la guerra del pacífico. La madre encuentra a su hijo combatiente caído poco después de la batalla.
La madre: Hasta que por fin te encuentro muchacho bendito, dónde te has venido a morir o es que los chilenos no hicieron bien su repaso.
El Hijo combatiente: Madre santa, los chilenos nunca hacen mal sus repasos. En esta guerra maldita no existen prisioneros para ellos. Todo lo que sobra debe ser exterminado. Pero esta vez…
La madre: (Lo interrumpe) Esta vez tampoco tuvimos suerte mi muchacho. Nos extirparon todo, mírate como nos han dejado.
El hijo combatiente: (Socarronamente) Quizás no. Es que me hice el muerto, madre santa, cuando vi que los miserables venían a buscar repaso yo me hice perfectamente al muerto, soy actor aficionado, ¿no te acuerdas?
La madre: Lo sé tan bien como que eres mi hijo. Pero ven que te abrazo con esta fe de mi vientre. Esos chilenos nunca fallaron sus repasos, te encontraron allí tirado boca abajo, te sorprendieron haciéndote al muerto y te traspasaron. Mírate como estás, abre los ojos.
El hijo combatiente: ¿Y como sabes lo que pasó si es que acaso estamos muertos?
La madre combatiente: Es que no todo ha muerto, mi muchacho, yo me quedé esperando la batalla allá, en el fuerte Arica y después de dos lunas vine a buscarte entre tantos inocentes caídos y cuando te encontré, los chilenos primero se ensañaron conmigo. Mira como alumbra mi corazón y mira a toda esa gente pensándonos.
La madre se dirige al público, sonríe orgullosamente, abre su chompa de lana y de su pecho se proyecta una luz fulgurante. Se apagan las luces.
FIN.
Autora: Sol Lila
IX ciclo - Actuación

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