Una introducción a la práctica de la Etnografía Educativa.
Escribe: Amaru Tristan Huayta.
Educación Artística, V ciclo.
La práctica educativa se desarrolla en espacios donde confluyen diversas interacciones sociales y metodologías, que a su vez están conformados por diversos actores en constante intercambio de saberes, creencias, percepciones. Una comunidad educativa dispersa que se desenvuelve de forma particular según su ubicación geográfica, su idiosincrasia, su lejanía frente al aparato estatal centralista, en el caso de la educación peruana. En este archipiélago de escuelas, colegios y otros centros de educación, cada sector construye en la medida de sus posibilidades sus propios criterios, normas, costumbres, valores, visiones y logros.
En estas circunstancias el fenómeno de la educación existe como una interacción humana cuyas dinámicas, problemas, necesidades y confluencias demandan formas de investigación, comprensión, análisis, medición de sus alcances en determinado contexto social con la finalidad de intervenir lo más posible en su mejoramiento. Por ende, se requiere la implementación de distintos métodos de investigación sean clásicos o alternativos que den cuenta de la complejidad del fenómeno educativo, sus trabas, sus posibilidades, el encausamiento de novedosos métodos para el tratamiento educativo social que cada escuela desde sus aulas demanda. Desde luego, sin perder el objetivo primigenio: el educando.
En el estudio del sujeto como ser activo, participativo del fenómeno de la educación, es que se han edificado concepciones de orden cualitativo que nos permiten una mejor comprensión de la realidad educativa, desde temas como el de la inclusión, la interculturalidad, las emociones, el aprestamiento, etc. Cuestiones que significan contundentemente en el sujeto. En este panorama las posibilidades de crear conocimiento y problemáticas son distintas, amplias, pero una de las más trascendentes por la elaboración de sus estrategias metodológicas, su impacto social y la pertinencia de sus planteamientos, es la etnografía.
Según Bisquerra (2009, p.298) “los etnógrafos entran en el campo de las sociedades complejas a través del estudio de las situaciones particulares de la vida cotidiana: barrios, comunidades, manicomios, cárceles, juzgados, clínicas y, por supuesto, escuelas”. Se denominará, entonces, etnografía educativa al campo especializado dentro de la investigación cualitativa para el estudio de la cultura educativa. Pero ¿de dónde parte la etnografía educativa su labor sustancial que fundamenta en la educación? De la misma etnografía. Entendiendo a esta como el estudio de las etnias, el análisis del modo de vida de una raza o grupo de individuos, a través de la observación, descripción, valoración del quehacer de las personas y la interacción entre sí. Es decir, que la etnografía educativa recurre a estos presupuestos, los amplifica, los ajusta, los matiza, para ensayar y aplicar métodos pertinentes para resolver una problemática educativa determinada.
Desde la observación participativa, termino que se acuña a Bronisław Malinowski (1884-1942), considerado padre de la etnografía, cuyo derrotero final se asienta en la comprensión del punto de vista del nativo, de su correspondencia con la tierra que le sostiene, su visión o cosmovisión de su entorno. El conocimiento científico entonces se adscribe dentro de los parámetros del positivismo que surge en el siglo XIX, donde pensadores como Augusto Comte, Jhon Stuart Mill, Saint Simon, entre otros, logran el desarrollo de conocimientos a través del método científico. Sin embargo, en el desarrollo de estas dialécticas surgen contradicciones de fondo sobre los enfoques de la realidad que van a generar una corriente filosófica denominada antipositivista. Y, desde luego, esta corriente alcanza un lugar prominente concluido el siglo XX. A su carácter regulador desde las ciencias naturales, a través de las ciencias exactas, se imponen en esta línea de pensamiento Droysen, Dilthey, Simmel, Max Weber, Wierdelband y Rickert, Croce, Collingwood. Surge entonces, en esta oposición al positivismo imperante, el postpositivismo, como una forma renovada de investigar la realidad desde múltiples puntos de vista.
Asistimos en este concierto de ideas a una diferencia sostenida entre las ciencias naturales y las ciencias del espíritu. Mientras que en las primeras el concepto de las matemáticas y la física tiene un valor ponderable, en las segundas se apoya el concepto de historia y su sentido. De esta manera, mientras las ciencias naturales generan una comprensión cabal a través de su conocimiento; los estudios del hombre y su complejidad lo hacen desde las expresiones de su acontecer diario. Es en esta circunstancias, que cual nuevo paradigma surge la etnografía, como un estudio de diversas tendencias donde se abordan los procesos, los contextos, a los sujetos y sus relaciones, pero apoyados siempre desde una visión metodológica cualitativa, que, como afirman Goetz y Lecompte (1988, p.29) la investigación etnográfica tiene un carácter holista pues construye descripciones de fenómenos globales en sus diversos contextos determinando a partir de ellas, complejas conexiones de causas y consecuencias que afectan al comportamiento y las creencias en relación con dichos fenómenos. Es por tanto más que una metodología.
Partiendo de todo este presupuesto, la etnografía dentro del ámbito escolar, tratada desde de la investigación cualitativa, confluye en el estudio respecto a los fenómenos relacionados con la estructura escolar, la vida en las aulas, las relaciones que se gestan y subyacen de estas, que generan nuevas epistemes desde la singularidad de cada aula y cada sujeto que lo conforma, desde la vida escolar. Asistimos a un proceso cultural donde la interacción de sus actores en el aula es reflejo de la sociedad que la circunda. Es en este panorama donde se inscribe este constructo, tal como afirma Bisquerra (2009) “la etnografía educativa está más próxima al estudio de procesos que no a un estudio estático de la realidad.”
Desde el estudio de Getz y Lecomte (1988) considero pertinente a la etnografía educativa como una participación concatenada en determinado contexto para estudiar el fenómeno de la educación de un sector exclusivo donde la participación del nativo, así mismo del docente investigador como “nativo marginal”, se instalan desde una reflexión holista de la problemática educativa. Ahora bien, según Scribano y De Sena (2009, p. 6), se da una auto-etnografía en el docente investigador cuando se aprovecha y se pone en valor las experiencias afectivas e intelectuales en función a aspectos relacionados en ese contexto donde se generará conocimientos. Digamos que el docente investigador es en este estadio sujeto y objeto, es decir solo en una profunda interacción con el objeto de estudio dentro de formulaciones y planteamientos desde distintos pareceres. Esto último en consideración de mantener la relación del docente involucrado con su estudio y no como un sujeto distante.
Si partimos desde una concepción del maestro como un actor protagónico en su investigación, consciente de querer aportar soluciones a su entorno, la etnografía educativa se consolida como una gran herramienta para su desempeño óptimo. Dadas las peculiaridades de la metodología de la etnografía educativa, esta se presenta al maestro como una fuente de posibilidades para el desempeño de sus investigaciones de carácter social. Es entonces pertinente asumir que cuando un docente acciona desde una posición epistemológica cualitativa como la etnografía, está enhebrando en su quehacer cultural, social, profesional, practicas, percepciones, creencias, en el entorno de su desarrollo y a su vez conforma una diversidad cultural que demanda el hecho de su estudio.
Considero finalmente en esta reflexión, a la etnografía como una pertinente y necesaria práctica metodológica de investigación en el derrotero de persistir al develamiento de las problemáticas sociales que imperan en la educación. En este sentido confluyen también otras epistemes educativas desde la educación ambiental, educación sexual, los derechos humanos, políticos, otras cátedras, etc. Si partimos por el hecho de que toda práctica de convivencia escolar de orden cualitativo está entrecruzada entre hechos, convivencias, fenómenos interculturales que son propicios para la investigación etnográfica, es allí donde la práctica del docente investigador, su ética y su profesionalismo deben ser catalizadores a la hora de aportar conocimiento e investigación en su entorno de acción educativa.
Referencias.
Bisquerra, R. (2009). Metodología de la investigación educativa. Madrid: Edit. La Muralla S.A.C
Goetz, J y Lecompte, M. (1988). Etnografía y diseño cualitativo en investigación educativa. Madrid: Ediciones Morata S.A
Scribano, A. y De Sena, A. (2009). Construcción de conocimiento en Latinoamérica: algunas reflexiones desde la auto-etnografía como estrategia de investigación. Buenos Aires: Edit. Losada S.A

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