EL FUTURO
¿Cuál es la diferencia en la concepción de “futuro” entre el pensamiento asiático-europeo que llegó al Perú el siglo XVI y el correspondiente al antiguo Perú? Nuestro punto de partida es establecer que el concepto de futuro pertenece a todas las culturas de la humanidad. La idea de pensar en un tiempo adelantado, en un por/venir, lo encontramos repartida en todo el planeta. Sin embargo, la idea de dominar el tiempo y de adelantarse al conocimiento de los sucesos corresponde inicialmente a culturas asiáticas poderosas, como la asirio-babilónica, que los griegos desarrollaron en su idea de “destino”, el fatum romano, lo inevitable. Conocer el futuro es poder político, y corresponde al auge de la religión. Es, además, un atributo de los dioses: un poder divino. El destino es mandato de los dioses que todos deben cumplir sin excepción, a tal punto que, dentro de la complejidad del pensamiento griego, ni los mismos dioses podían liberarse de su propio destino. Es lo que ocurre a los mortales dioses vikingos: estaban condenados a ser arrasados en el ragnarok. Esta hermosa contradicción entre destino y mortalidad de los dioses antiguos cambió radicalmente con los judíos, que copiaron a su gusto los cuentos asirios, los cuentos griegos, los cuentos egipcios y de toda cultura que encontraron al paso, y escribieron sus textos masoréticos, y sus numerosos dioses y seres fantásticos se redujeron a uno solo: Yavé, que ya no era mortal como los dioses antiguos, sino inmortal: un extraterrestre con poderes mágicos. Esta imagen fue copiada a su vez por los cristianos, que llenaron dos mil años de historia humana repartiendo dogmas en todo el mundo. Y esto es lo que llegó al Perú el siglo XVI. Fue el virrey Toledo, principalmente, quien ordenó la implantación de la inevitabilidad de la invasión y saqueo del Perú desde la llegada de Pizarro e incluso antes. Es decir, los cronistas asalariados de la corona inventaron diversas intervenciones del destino entre los Incas que anunciaban la llegada hispana, inevitable y necesaria. Garcilaso y Guaman Poma cuentan escenas divertidas donde apóstoles y santos viajaron en el tiempo para advertir a los Incas que vendrían los cristianos a civilizarlos, como una premonición de la película "Volver al futuro". Los demás cronistas, en uno de los primeros géneros de humor negro de nuestro continente, reescribieron la historia para contar cómo los Incas acudían a los adivinos, a las huacas adivinas, a los apus adivinos, a cualquier cosa adivina, que les leía el futuro diciéndoles que vendrían los cristianos y los Incas serían derrotados, y que los Incas enojados destruían las huacas, destruían los templos y mataban adivinos por el mal augurio. En fin, la imaginación medieval no daba para más, pero así crearon una ficción que, curiosamente, algunos todavía consideran una verdad incuestionable. De otro lado, la tradición oral, ese inmenso repositorio del conocimiento del antiguo Perú todavía vigente, nos cuenta una cosa diferente. Las diversas culturas peruanas, tanto costeñas, andinas como amazónicas, abrían un canal espiritual mediante un intermediario vegetal: el sayri (tabaco), principalmente; la coca, el cactus wachuma (san pedro), la ayahuasca y otros, para acceder a información privilegiada. Lo que estos vegetales producían solo era un estado corporal especial, una sensibilización ante la naturaleza, una apertura a una serie de hechos invisibles a simple vista. La naturaleza da señales antes de que ocurran eventos determinados: las hormigas se esconden si vienen inundaciones, los gallinazos planean en círculo si viene la tormenta, el río huele distinto cuando trae palizadas, y mil etcéteras. Las señales advierten lo que se viene, pero no leen el futuro. Los antiguos peruanos ajustaban sus cuerpos para “ver mejor” esas señales de la naturaleza, no para mirar el futuro. En otras palabras, leer el futuro es absurdo, porque el futuro no existe. En cambio, en la ficción europea el futuro actuaba gracias al fanatismo religioso que volvía existente cualquier tontería. Cuando los primeros saqueadores llegaron al Perú, se sorprendieron de encontrar una sociedad a la que se rindieron de admiración. Pero los cronistas posteriores, los cronistas toledanos y los hijos de los concilios limenses, inventaron una sociedad salvaje a su conveniencia. En resumen, dos maneras distintas de mirar el tiempo. En el antiguo Perú observaban las señales de la naturaleza para adelantarse a los eventos inminentes. Mientras que el fanatismo religioso que llegó al Perú trajo la idea de un futuro conocible, el viaje en el tiempo y la manipulación de la historia, esas “verdades” que todavía son dogmas inimpugnables en las ciencias sociales de nuestro país. Algún día saldremos totalmente de la edad media.
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